| Miraba continuamente el cielo y siempre escogía una estrella distinta, siempre escogía una intensidad distinta. Pensaba que sería la última. La última nunca llegaba. Dejó de buscar en ese amplio desierto; no servía para nada. Se dedicó a mirar un campo de amapolas, pero eran demasiado parecidas y no lograba diferenciarlas. Quizás en el mar alguna ola le cautivase, alguna onda recorriendo con bravura su camino. Todo se quedó en un "a lo mejor". Su atención se centraba en mirar la arena del parque con la esperanza de encontrar los granos exactos con que rellenar su botella. Los elegidos no eran suficientes. Después de muchos, muchos intentos fallidos, creyó descubrir que la búsqueda era en vano. Se sentó y esperó. La espera se convirtió en agonía, la agonía en obsesión, la obsesión en odio y el odio en indiferencia. Se levantó apaciblemente, y tropezó con la roca más insignificante. La rabia le hizo arrojarla contra unos arbustos. El ruido que desprendió al chocar le exaltó. Se acercó y ahí empezó a construir su propio cielo, las amapolas alcanzaron día tras día colores apasionantes, y los granos exactos los encontró cuando rozó esa intensas ondas. |
sábado, 12 de mayo de 2007
Llegó...
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